PARTE II: HABITAR EL CUERPO

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La sabiduría del cuerpo

El cuerpo siente, registra y expresa lo que las palabras no alcanzan. Señala lo que necesita ser escuchado. Es a través de él que accedemos a nuestra verdad.

Desde el concepto clave de la autorregulación organísmica, entendemos que cada organismo tiende naturalmente hacia el equilibrio, siempre que no se le interfiera.
El cuerpo sabe y, si lo escuchamos, nos guía hacia lo que realmente necesitamos. Es cuando interrumpimos el ciclo de satisfacción de necesidades que sentimos el malestar o incluso la enfermedad.

El trabajo corporal en Terapia Gestalt busca precisamente ampliar la conciencia del “darse cuenta”, para volver a esa sabiduría primaria que habita en el cuerpo.
Cuando perdemos esta capacidad de sentirnos y escucharnos, empezamos a somatizar: dermatitis, insomnio, ansiedad, falta de deseo…
El cuerpo grita lo que la conciencia ha dejado de mirar.

Sentir plenamente el presente

La terapia consiste en abrirnos a la experiencia del cuerpo tal como está, sin forzarlo.
A veces viene un temblor.
A veces sentimos tensión.
Y otras veces no sabemos qué sentimos: solo un malestar, un nudo en el estómago, náuseas, una vibración sutil, apenas perceptible.

Estas sensaciones son portales de conciencia. Nos invitan a estar presentes con lo que hay, sin juicio, sin necesidad de cambiar nada, sin evitarlo. Solo acompañándolo.

Y cuando lo hacemos, algo ocurre:
las ganas de llorar se convierten en lágrimas o gritos,
la vibración puede ser liberación,
una mandíbula tensa se expresa en golpes contra un cojín,
o llega, suavemente, un insight: esa comprensión profunda que no viene de la mente.

Ahí ocurre la magia verdadera.
No la de los efectos especiales, sino la que nace de estar presentes y escuchar profundamente lo que somos.

No es algo que hace el terapeuta.
Es algo que sucede en la relación, en el campo compartido.
Dos seres en presencia, sin prisa, confiando en la autorregulación,
sin necesidad de saber a dónde llegar,
porque no hay que llegar a ningún sitio más que al contacto mismo.
A la presencia.

El cuerpo como guardián del trauma

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El cuerpo guarda, a menudo encapsuladas, las memorias de aquello que no pudo ser digerido.
Las vivencias traumáticas se reflejan en la estructura corporal.
Y están ahí, esperando una mirada atenta, un espacio suficientemente seguro, y la capacidad humana de sostener y acompañar el dolor, para poder finalmente abrirse, salir, mostrarse.

Fuimos heridos en el contacto, en la relación.
Y es también en el contacto, en la relación, donde ocurre la sanación.
Sucede que muchas veces tememos lo que puede sanarnos.
Nos defendemos, porque sanar implica cambio, y en el mejor de los casos, una transformación profunda.

Nos resistimos a todo aquello que pone en riesgo nuestra identidad, eso que creemos que somos.
Nuestra identidad no es un ente abstracto, está corporeizada: fijada por la coraza caracterial (en lo psicológico) y por la coraza muscular (en lo físico).
A eso nos referimos cuando hablamos de neurosis.

La neurosis: repetir para confirmar el guión personal

En Gestalt, la neurosis no se considera una enfermedad, sino una forma de adaptación fija al entorno. Un patrón repetitivo de percepción y respuesta que interfiere con la autorregulación.

Es una forma automática de ver la vida.
Traemos al campo una y otra vez situaciones similares, vínculos repetidos, para confirmar nuestras viejas hipótesis sobre cómo es el mundo y cómo somos.

Volvemos a representar nuestro guion de vida, nuestro mito personal, sin darnos cuenta. Fue lo que nos ayudó a sobrevivir. Y aunque hoy sea una forma de ser obsoleta, construida sobre creencias limitantes, todavía nos ofrece beneficios. Sin duda, nos da una identidad.

La terapia se basa en la relación, busca crear condiciones nuevas, diferentes: donde podamos habitar el cuerpo de otro modo, relacionarnos desde otro lugar y así, confirmar, lentamente, que nuestras viejas creencias estaban equivocadas.

No se trata de ampliar la percepción con la mente, sino de hacerlo a través de la experiencia viva.
Una experiencia que nos lleva a desidentificarnos de lo que creemos que somos, para entrar en contacto con el misterio.

Porque muchas veces, eso que creemos ser… tiene más de vacío que de identidad real.

Habitar el cuerpo es permitirnos ser en la vida, con lo que haya, y recordar que la vida no pasa en la mente, sino en todo el organismo.

Así que sí:
bendito cuerpo y bendita Terapia Gestalt,

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Por Maria Adarves Yorno. Psicóloga General Sanitaria, Terapeuta Gestalt. Miembro adherente de la AETG. Formación en eneagrama, psicoterapia integrativa y transpersonal (programa SAT) y Terapia Corporal Integrativa (TCI).

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Escuela de Psicoterapia Gestalt de Málaga
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