Un viaje plagado de emociones y estados regresivos…una invitación al darse cuenta.
La luz de la navidad ilumina nuestra sombra: mucha luz, mucha sombra.
En el solsticio de invierno, el pasado 21 de diciembre, el sol alcanzó su punto más bajo en el cielo siendo el momento de máxima oscuridad del año: una pausa de tres días donde tuvimos la oportunidad de mirar hacia dentro y poder alumbrar con el renacer de la luz nuestras más ocultas sombras. Esta luz creciente que ahora vivimos es una oportunidad para iluminar nuestras heridas infantiles después del contacto con nuestras familias de origen en los encuentros navideños.
Todo lo que remueve la Navidad con los excesos, no sólo en nuestros estómagos sino también en nuestras tripas y corazones, hacen grietas en las cápsulas de nuestras heridas en contacto con su origen.
Una invitación al darse cuenta.
Momento de ver profundo o de seguir tapando.
Cada cual elige o hace lo que puede.
Libre albedrío a nuestra disposición y también, toda una batería de introyectos (mandatos y valores familiares, conductas aprendidas, lealtades…) procedentes de nuestras heridas que nos condicionan conscientes o inconscientemente lo que podemos hacer.
Quiero empezar aclarando la definición de herida diferenciándola del trauma, tan de moda en la actualidad y que, a veces, se entiende o utiliza con el mismo significado de herida.

De las definiciones de trauma encontradas en la literatura se deriva su significado como “experiencias abrumadoras que la persona no puede integrar, utilizando la disociación como una defensa orgánica a una situación del entorno inasumible”.
Trauma y disociación son fenómenos inseparables con un claro componente biológico.
Cuando me refiero a nuestras heridas lo hago como algo inherente a todo ser humano, algo universal. El trauma incluye un hecho que amenaza profundamente el bienestar, incluso, la vida de la persona y produce disociación.
Distintos enfoques teóricos sobre la Teoría de la Neurosis (Psicoanálisis, Terapia Gestalt, Análisis Transaccional, Psicología de los Eneatipos, Psicoterapia Integrativa…) hablan de la herida de forma implícita y relacionada con el carácter, personalidad o ego como estructura defensiva de la misma.
Para Freud, la frustración básica del niño/a en el contacto con sus progenitores era de corte libidinosa, una pérdida del contacto con lo instintivo.
K. Horney habla de perturbaciones emocionales originadas en el pasado y de como la lucha en contra de ellas, sitúan a la persona en una falsa identidad en el presente.
La teoría de las relaciones objetales de la psicoanalista Melanie Klein defiende que estas relaciones generan huellas permanentes: heridas en la frontera de contacto entre el yo y el tú, que marcarán la futura relación con otros.
Reich defiende la idea de que todos hemos sido heridos y de ahí su concepto de “plaga emocional” que se transmite de generación en generación enfermando a toda la sociedad. Investigó como en las perturbaciones psíquicas se solidificaba la energía provocando inhibiciones y bloqueos hasta la creación de corazas caracteriales como sistemas defensivos y donde se contiene todas las vivencias del pasado por resolver o, dicho de otro modo: nuestras heridas por cicatrizar.
Psicoanalistas más modernos como Fairbairn y Winnicot dan más importancia a la falta de amor en el proceso de maternaje refiriéndose a la frustración del contacto y a la necesidad de relación. Como consecuencia de esto se genera una herida emocional que deja distorsionada nuestra capacidad de amor y de relación.
Naranjo también apunta a una frustración interpersonal en lo amoroso, una herida de amor como origen de la neurosis. Para él, la pasión del carácter se convirtió en la sustituta del amor, con una raíz carente y procedente de la herida. En palabras suyas:
“nuestra esencia es amorosa, pero está interferida porque vive prisionera dentro de otro personaje, que es nuestro yo neurótico” (Naranjo, 2005, p.20)
Un yo neurótico que tuvimos que crear para adaptarnos, para protegernos y así sobrevivir.
En la “Psicoterapia Integrativa Relacional” desarrollada por Richard G. Erskine, las heridas se van produciendo en el fracaso reiterado del contacto en la relación, cuando las necesidades relacionales del niño/a van quedando por cubrir por los progenitores en las primeras etapas evolutivas.
Para hablar de herida en Terapia Gestalt empiezo por situarnos en la frontera de contacto. Es ahí donde se originan nuestras heridas emocionales, donde se van acumulando, por decirlo de alguna manera, hasta volvernos neuróticos como:
“… maniobra defensiva para protegernos a nosotros mismos de la amenaza de ser aplastado por un mundo avasallador” (Perls 2005, p.42)
La función que sintetiza la necesidad de unión y separación es el contacto y es, precisamente ahí, donde hemos sido heridos, por exceso o por defecto.
Con defecto me refiero a falta de valoración o reconocimiento, no ser apreciado o tenido en cuenta, falta de escucha, de mirada, de afecto, no ser atendido en las necesidades básicas y/o necesidades de relación (falta de contacto tierno, poco contacto o casi ninguno…soledad).
En el otro extremo se sitúa un exceso de contacto, generalmente de corte agresivo-invasivo ya sea de humillación, abuso en cualquiera de sus manifestaciones (físico-sexual, maltrato, castigo…), manipulación emocional…
El contacto, como seres humanos, lo necesitamos para sobrevivir, sí o sí.
Un contacto sano es la conciencia de lo que se puede asimilar y el rechazo de lo que no. Siendo pequeños esto fue misión imposible dado que nuestra vida dependía de los adultos que nos cuidaban. Así, nos vimos obligados a tragar de ellos actitudes, sentimientos, valores…sin digerir, sin discriminar ni asimilar, lo que acabó convirtiéndose en cuerpos extraños dentro de nosotros mismos. Lo sano ahora como adultos conscientes de nuestras heridas sería cuestionar todos estos introyectos para poder mantener el equilibrio en esa frontera de contacto escuchando nuestras necesidades reales y atendiéndolas de forma satisfactoria.
La herida es un lugar donde nos sentimos muy vulnerables y donde no es fácil acceder gracias a las defensas inteligentemente creadas por nosotros mismos para protegernos del dolor y del miedo. Sin embargo, en ese espacio profundo de nuestra psique nos espera un niño/a en soledad, triste, abandonado, con miedo, enfadado…
Hace falta valor y entrega para conectar conscientemente con nuestras heridas porque supone abrazar el miedo y el dolor encapsulado por nuestros niños/as.
Otra forma de entender como cicatrizar o sanar nuestras heridas supone tomar conciencia de esos agujeros de la personalidad (o fugas energéticas) de los que hablaba Fritz y que nos hacían sentir incompletos a la vez que polarizados. Ocuparnos, como adultos responsables, de cicatrizar nuestras heridas nos va a servir también para conectar con todo nuestro potencial porque mientras permanezcan abiertas será una fuga de energía que nos impedirá tener una vida plena.
Como decía el propio Fritz (Perls 1974, p.31):

“Hay solamente una cosa que debe ser la que controla: la situación”
Y la situación como la vida se da en tiempo presente, el único tiempo que existe por mucho que nuestros automatismos, patrones de relación o estado del yo niño nos hagan actuar “como si” estuviéramos en tiempo pasado temiendo ser heridos.
Todo lo expuesto vislumbra como el origen de la neurosis y el origen de la herida se mueven en una línea muy delgada. Los autores descritos entienden la herida como frustración, como pérdida (ya sea instintiva, amorosa-emocional, relacional…) como separación de nuestra esencia o completud como el origen de la neurosis: Un neurótico vive en presente actuando con patrones obsoletos del pasado y ha creado un carácter o ego para protegerse del dolor de nuestras heridas.
Si la entrada a la neurosis fue el dolor por la separación, la pérdida del contacto con nuestro ser esencial y la propia traición, la salida a la salud también es por ahí. La evitación nos lleva a un perenne sufrimiento y a estar defendiéndonos continuamente como si aún fuésemos niños/as.
Destacar dos clasificaciones de heridas que puede dar luz al lector.
El psiquiatra americano Krishnananda, en su libro de “De la Codependencia a la libertad” diferencia dos heridas muy relacionadas y situadas en una capa de vulnerabilidad: (Krishnananda, 2016, p.25)
– Herida de indignidad. Devenida de un sentimiento de no encajar, algo así como que no estaba bien como éramos. Así que crecimos creyendo que algo mal o defectuoso había en nosotros.
– Herida de privación. Esta herida tiene que ver con el dolor por haber sido abandonado, privado y separado de la fuente de amor.
La ensayista canadiense Lise Bourbeau en su libro “Las cinco heridas que impiden ser uno mismo” hace una clasificación de las heridas emocionales en rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia basando su estudio sobre la sanación de las mismas en los trabajos de W. Reich.
Viviendo desde nuestras heridas nos movemos desde una exagerada necesidad de amor como niños/as carentes, conscientes o no, buscando fuera lo que nos faltó. Y esto no es recuperable, es precisamente nuestra herida. Desde nuestra herida infantil actuamos como robots programados.
Nuestro corazón quedó herido en la triada esencial (papá-mamá-hijo/a): la salud mental y amorosa pasa por abrirlo y hacerlo extensible a los iguales, dejándonos recibir el amor y dándolo. Dejar nuestro corazón atrapado en ese triángulo nos deja prisionero de nuestras heridas.
Podemos saber que nuestras heridas han cicatrizado cuando se produce una integración de la misma, una comprensión amplia y profunda: esto supone abrir el corazón al dolor, al perdón y al amor en todas las direcciones posibles.
Sanar nuestras heridas incluye también abrazar a su estructura defensiva, el carácter, bendecirlo y agradecerle su heroicidad, con la que pudimos sobrevivir, para que se vaya calmando. Hacerle ver que, en presente y siendo adultos ya no necesitamos tanto de su protección y sí, de toda su capacidad puesta al servicio de la conciencia.
El nuevo año activa nuevas oportunidades en presente, siempre es presente.
Que la energía de arranque de esta nueva vuelta al sol movilice e ilumine los proyectos pendientes y asuntos inconclusos derivados de nuestras heridas por cicatrizar.
Quiero terrminar con las sabias palabras de mi querido maestro el Dr. Claudio Naranjo:
“La salud mental entraña un estado espontáneamente amoroso, y creo que es una ilusión pensar que pueda encontrarse la felicidad sin pasar por la capacidad de amar”
(Naranjo, 2007, p.9)

Alicia Valdayo Merchante:
Psicóloga General Sanitaria ( Número de colegiada: AO-07897).Psicoterapeuta FEAP. Terapeuta Gestalt. Miembro Titular de la Asociación Española de Terapia Gestalt (AETG). Máster en Sexología. Formación en Eneagrama, Psicoterapia Integrativa y Transpersonal (Programa SAT). Formada en Terapia Corporal de Integración Gestáltica. Formación en Constelaciones Familiares. Postgrado en Técnicas, Análisis y Conducción de Grupos, Teatro terapéutico e Introducción al Trauma y su tratamiento. Postgrado en Teatro Terapéutico.

